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Montañas sin cumbre

2010-10-10

Por: Jose Antonio Ricaurte

Empecé a trotar suavemente mientras la montaña se arreciaba frente a mi. La carrera se inició por una pequeña calle de La Calera, lo que hizo ver el evento  mas parecido a la entrada a un concierto que a una carrera de montaña. Y solamente a los 80 metros de haber iniciado ya se aparecía una subida de 35º de inclinación. Mis piernas entrenadas inmediatamente sintieron el esfuerzo, recintiendo levemente mi tobillo izquierdo que traía lesionado.

Anita bajo levemente el ritmo pero se mantuvo constante pero no dejó de trotar ni un segundo. Rosario  iba detrás de nosotros mas lentamente y en pocos segundos la perdimos entre la gente que nos seguía. Unos metros después cuando yo ya estaba por desfallecer, empecé a oír a Anita  respirar mas fuerte, un poco forzada.

Bueno!, pensé a mis adentros, ya seguramente va a bajarle el ritmo loco y subiremos mas lento.

Pero no fue así. A los 4 minutos de subir, ella seguía con respiración fuerte, pero mantenía su rítmico trote de pequeños brincos. Estaba en su día y no pensaba bajar la intensidad de su trote. Me tocó parar y dejarla seguir.

La Carrera de Montaña de La Calera se interna en las montañas orientales de Bogotá por el antiguo Camino del Indio, un antiguo sendero que era utilizado por los indígenas desde épocas muy lejanas, para pasar de la Sabana de Bogotá al Valle de Sopo. Me traía muchos recuerdos porque por ese camino hice mi primera salida “larga” a las montañas solo con un par de amigos, en una caminata que todavía recuerdo muy bien muy a pesar que fue hace 37 años. Ese día salimos de Usaquen para cruzar los cerros de Bogotá llegando a la cumbre de Santana, para bajar por el camino del Indio a La Calera. El camino está conservado maravillosamente, tal vez porque estos terrenos son hoy en día, parte de un proyecto de parque del Acueducto de Bogotá.

La carrera tomaba parte del camino real, alejándose al fina por una subida que nos llevaba hasta la cumbre de la montaña a 3200 msnm, después de casi 600 metra de subida. El recorrido cruzaba el páramo para bajar a la meta, la cual crucé dos horas después y casi sin fuerzas.

Pero como en casi todas las zonas de meta de las carreras, allí solamente había gente feliz. A diferencias de otros deportes, en las carreras aficionadas casi todos los que participan terminan contentos. Anita lucía plena. Una sonrisa que brillaba le salía por sus ojos, hacía que su expresión era de júbilo, estaba viviendo un gran momento. Por supuesto estaba contenta porque había hecho un muy buen tiempo, pero no era solo eso. Es vivir uno de esos momentos de felicidad que da la práctica del deporte. Es la experiencia de correr en montaña, de haber terminado bien después de un exigente recorrido de montaña.

Pero esa euforia de felicidad deportiva es valiosa cuando no la causa el resultado de la competencia. Es valiosa cuando es causada por el hecho simple de participar. Este efecto se ve más fácil en las carreras de atletismo aficionado, porque allá todos luchan simplemente por terminar, por correr la carrera, no por ganarla. Cuando nos quitamos la meta por el premio, por ganar la carrera como propósito del evento, nos concentramos mucho más en el proceso de vivir nuestra propia experiencia. Y eso hace siempre mágico el momento. Tal vez es por este motivo que las hace mundialmente populares. ¡Todos los que van ganan!

El final de la carrera de La Calera me llevó a esa reflexión, o por lo menos a cuestionarme de, ¿cómo hacer para repetir estos momentos de felicidad con más frecuencia? ¿Cómo hacerlo para llevarlo a otros momentos de la vida que no son deportivos?

La verdad es que son muchos los ejemplo de plenitud como para hablar de cada uno de ellos, pero buscando en todos algo en común hay una constante; se logran cuando uno siente satisfacción de haber terminado la meta no es ganar.

Estoy subiendo montañas desde aquel ascenso al cerro de Santana hace 37 años. En mi mente tengo la imagen clara del momento  cuando llegamos a la cumbre, pero también tengo recuerdo y muy especiales, del ascenso sobre sus empinadas rocas, y niebla constante. Seguramente desde allí  nació mi afición al montañismo que me ha acompañado siempre.

En el mundo del montañismo, lo importante es llegar a la cumbre. Los analistas y críticos no avalan una subida si no hay registro de haber llegado a la cumbre. Uno mismo no se cuenta los intentos sino las cumbres.

Hace unos meses estaba en un avión camino a Yosemite y tenía en mis manos el libro de Osho sobre la Creatividad. En una de sus páginas salió una referencia a Edmond Hillary, el primer hombre en llegar a la cumbre del Everest. Emocionado seguí atento la lectura pero para sorpresa mía, la cita no era para alabar su hazaña, sino para utilizarla como ejemplo de una actividad cargada de ego. Osho cuenta como un periodista le preguntaba a Hillary las razones que tenía para subir al Everest. “No hay ningún beneficio implícito en esto, pero la presencia misma del Everest sin conquistar, es el mismo desafío” decía Hillary. Osho dice que es solamente un desafío para el ego.

¡Quede frío!

Hillary ha sido para mí, una referencia en el montañismo, un deporte donde he desarrollado toda mi espiritualidad. No es un mundo de competencias, no hay aparentemente un afán por ganar una partida. Es más bien un trabajo en equipo, motivados solamente por lograr la ruta, o hacer la cumbre.

Pero Osho tiene razón; el ego salta siempre y acaba con la belleza de los momentos. En el montañismo es casi permanentes las discusiones de egos, enfrentados por quien hizo o no hizo una cumbre o una ruta. Incluso entre montañistas famosos, tratando de definir quien fue el primero y cargarlo de “gloria”, alimento básico el ego.

Ningún montañista olvida a George Mallory y su “Becouse its there”, una respuesta que dio cuando le consultaron el motivo de arriesgarse a subir el Everest en la década de los 30’s. Al principio me descrestaba esta indefinible respuesta, pero hoy la veo pobre. Si el principio Zen que dice “todo hombre es lo que piensa” es válido, estamos ante un legendario héroe poco interesante.

El Colombia fueron cuestionados dos grandes escaladores, cuando camino al ascenso a la cumbre del Everest, no asistieron a un escalador moribundo supuestamente porque ya no había mucho que hacer. Siguieron su ascenso y lograron la cumbre. Otra expedición sacrifico el ascenso, asistió al escalador y lo salvó. Pudo ser un error de juicio donde el ego no le dejó ver lo que hacían.

Osho con su párrafo desbarata muchas bases de la vida. Llevo años tratando de bajar los niveles de ego de mis actividades cotidianas, y yo sentía que el montañismo me ayudaba. Me hace entender que no es que debo abandonar las montañas, es mas bien abandonar la cumbre como meta final.

Como las carreras de atletismo aficionado, donde llegar es suficiente premio. A todos les dan una medalla. ¡Todos ganan!

Decirlo es fácil, pero hacerlo no lo es tanto. La idea de ”hacer cumbre” no solo está en el montañismo. Está en todo lo que hacemos. Todos los que hemos estudiado en universidades tradicionales y trabajado dentro del libre mercado de capitales, hemos estado recibiendo un entrenamiento para ser exitosos, para triunfar en la vida. Todo siempre alrededor del dinero. del éxito como meta principal y única manera de ganar reconocimiento. Es el equivalente a la cumbre del montañista. Incluso es una imagen frecuente que utilizan los publicistas, la cumbre como símbolo del éxito.

Es verdad. El éxito es una sensación muy agradable. Todos lo hemos sentido en algún instante de la vida. Solo por hacer un ejercicio recuerde como es por un momento.

Si, ¡es placentero!

Así sea en sueños, el éxito es placentero.

Pero, ¡no dura!

Y lo peor, no deja nada si no recordamos como lo conseguimos.

Muchas veces cuando logramos tener éxito en algo, se nos daña otro asunto. ¿Por qué no puede ser constante?

No, yo creo que si puede ser constante o mas frecuente. Depende de como entendamos “ser exitosos”.

Debemos ganar dinero, pero como medio para lograr independencia. No para alimentar la codicia y la avaricia, dos buenos amigos del dinero.

Debemos ser competitivos, pero como un mecanismo para no caer en la pereza de no mejorar constantemente, de no estudiar, o de no luchar por el progreso.

¡Debemos cuestionarnos todo el tiempo! Eso nos mantiene despiertos. Cuando nos sentimos en la cumbre, no luchamos más. Pero los montañistas sabemos que la bajada es tan importante como la subida.

La cumbres marcan a los montañistas como otras metas nos marcan todo el tiempo. No podemos olvidar nunca los momentos cuando llegamos a una cumbre, son como imágenes que se pegan en la mente, por siempre. Sabemos lo que es mirar el mundo desde arriba; es poético, es pacífico, nos hace mirarnos por dentro. Pero si olvidamos los momentos que vivimos para llegar allí, la imagen de la cumbre solamente será alimento del ego.

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